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domingo, 26 de octubre de 2014

Calles Empedradas y Olor a Canela

Calles empedradas y olor a canela en el aire.
Aquí encontré mi hogar. Un hogar con fecha de caducidad pero que, durante un tiempo, me perteneció. Y yo le pertenecí. Un lugar alejado de todo, autosuficiente, independiente, añejo. Y la gente en sus calles y la vida en sus calles y el silencio en sus calles. Por las mañanas, escuchaba las campanas que sustituyen al gallo que ya no se escucha al alba y salía a la calle cuando ni siquiera el sol lo había hecho. Dormía poco y la pereza siempre me recordaba lo bien que se estaba en la cama, cinco minutos más. Entonces tenía que desayunar de pie o mientras conducía porque iba justa. Pero siempre llegaba a tiempo. Aparcaba, cruzaba la calle y subía a toda prisa los 12 ó 13 escalones que me separaban de esa casa, en la calle X, donde me montaba en el coche y durante unos minutos, miraba twiter, fb, whatsapp y acariciaba distraída al pitbull-todo-amor que miraba desde la parte de atrás.
No negaré la dureza del trabajo de campo. Hacerlo sería insustancial. Hacerlo sería un sinsentido. Pero ¿y qué? lo conseguí. Superé, día tras día, mover fardos de metros y metros de tela, en muchos casos cubiertos de aceitunas, de barrer cojollos y ramas caídas sobre las telas, mientras me metía por debajo de las copas de los olivos y aguantaba el bocado en la espalda que me quemaba, de arrastrar las telas donde vaciar aceitunas por la tierra, de que hiciera frío, calor, incluso lluvia, de tragar polvo, de que me salieran ampollas, callos, moratones en las uñas de los pies. Pero ¿y qué? lo conseguí. Y me siento orgullosa de haberlo conseguido, contra todo pronóstico. Y pensando en mis cosas, pasaban las seis horas o casi siete, en algunos casos, y volvía a mi coche. Y conducía a casa. Y aparcaba. Y subía a casa y me duchaba y me tendía a descansar o comía, sabiéndome capaz de todo, serena, satisfecha (todo el mundo debería sentirse así, quizás debería ser un Derecho Básico Universal. Ojalá). Normalmente almorzaba en la terraza, a excepción de aquellos días de frío que sólo vinieron a dar un susto en medio del verano que se abría en este otoño. Porque desde esa terraza puedo ver la sierra y las nubes que pasan paseando sobre ella. Por la noche, cuando sentada fuera miraba las estrellas, que alumbraban las casas silenciosas de esas personas silenciosas, pensaba en cómo esas lucecitas blancas quizás ya no existían, pero qué belleza tan grande ofrecían incluso después de haber muerto para siempre.
Me gustaba ir paseando a los sitios, a excepción de mis viajes al Mercadona. Porque siempre iba a por una cosa o dos. Y siempre acababa saliendo con una bolsa de cosas que sin llegar a ser caprichos, no eran del todo necesarias, pero sentía merecerme por el esfuerzo diario. Y andando, podía cubrir las distancias que me separaban de cualquier punto en el pueblo, aunque las calles empedradas estén llenas de cuestas. La Farmacia, la casa de Angelita, el supermercado San Enrique (donde iba sólo a comprar molletes de Ecija). 

Me quedo con el olor a canela, a almendras, a azúcar de sus calles. Creo que es lo primero que pensé, que este pueblo atraía con olores a viajeros perdidos. En el fondo, creo que no estaba demasiado alejada de la realidad, yo era una de esos viajeros extraviados, que buscaban su lugar, que buscaban sosiego y alimento para el alma, más que para el cuerpo. Encontré ese alimento en lo alto del Cerro, en la imagen de las montañas y el atardecer en mi terraza, en dormir temprano y levantarme temprano para llevar a cabo la obligación que no se podía posponer. Yo encontré sosiego en el aire puro, en la calma, en la naturaleza, en echar de menos por ausencia y no por necesidad. Yo encontré sosiego cuando me encontré, cuando me supe autosuficiente, cuando me supe capaz de hacer eso que (casi) todos me dijeron que no podía hacer. Porque ahora sé que soy capaz de cualquier cosa, ahora sé que la fortaleza se encuentra cuando te enfrentas a las cosas que te dan temor y las superas. 

A sus calles empedradas, la luz limpia de sus estrellas, a la paz de lo más alto del Cerro, al olor de sus calles: gracias por acogerme.

miércoles, 1 de enero de 2014

Balance de 2013

Haciendo balance de 2013, me siento como podría sentirse aquel que ha saboreado la derrota y la victoria a partes iguales. Ha sido este, el que ya se fue, un año de sentimientos encontrados, de elecciones, de pérdidas y de lecciones, he ganado mucho (muchísimo) y he conocido a gente increíble. Por desgracia, no todos ellos decidieron quedarse en mi vida. Y aquí estamos, comenzando un año nuevo y preguntándome, como cualquier hijo de vecino, qué me deparan los siguientes 365 días. 
Hacer balance no me resulta fácil, pues no sé decidirme, no puedo decidirme, son demasiadas las cosas que me dejaría en el tintero si pretendiera, siquiera levemente, volcar aquí todos esos granitos de arena que a veces formaron dunas de una belleza interminables y, a veces, tan sólo fueron montañas que me cerraban el camino. Y, entonces, aprendí a cavar túneles a través. Y aprendí a dejar atrás a personas que ya habían cumplido su propósito. Creo que esto es lo que peor he llevado y, también, lo que más fortaleza ha podido aportarme (nota: al final, tenías razón. Algún día entendería por qué ya no podías quedarte. Ahora sé que hay que hacer hueco para los que están por venir, para los que sí que quieren tenerme cerca).

2013, a pesar de todo (de todo lo malo, quiero decir) me deja buen sabor de boca. Y es curioso, porque cuando echo la vista atrás, la mayoría de mis recuerdos son recuerdos negativos. Ha sido, sin duda alguna, un año de extremos y he sentido la felicidad más inmensa y la tristeza más profunda. Creo que mi L verde césped salvó el año. Recuperar amistades, salvó el año. Conocer personas especiales (algunos de los cuales, ya no están, pero que en su día me hicieron feliz) y los ratitos que pasamos juntos, me salvó el año. El concierto de Marwan, postpuesto durante años, me salvó el año. Las clases de danza, me salvaron el año. Los ratitos de risas con amigos, me salvaron el año. Ver que podía conseguir lo que me propusiera, si le ponía empeño, me salvó el año (aún sabiendo que probablemente no puse el empeño necesario en algunas cosas). La catarsis que encontré escribiendo, me salvó el año. Y todos esos momentos de paz, bienestar, alegría y satisfacción personal, me salvaron el año.

Para 2014, sólo espero más de lo mismo: ya sea una tormenta en pleno mar o el arcoiris que sigue a una llovizna de primavera, la lluvia es necesaria para que los días de sol puedan cumplir su propósito. Y entonces, tras la ventisca, el frío y unas manos frías como el hielo, volveré a disfrutar de un cielo azul brillante. Y la lluvia (tormentosa o llovizna), entonces, cobrará sentido. Y así seguiremos, en pautas intermitentes de agua y sol, de hielo y fuego, de risas y llantos y, sobre todo, de debilidad y fuerza. Pues en el contraste es, precisamente, donde podemos notar vibrar la vida con fuerza.

Me dejé muchas cosas por hacer, pero oye, así este 2014 será incluso más interesante.
Y antes de acabar, ya sólo me resta apuntar un par de cosas:
Lo primero, este año mi lista de propósitos queda escrita y guardada. Me dijeron ayer que si los contabas, no se cumplían. Pensé que eso sólo era aplicable a deseos realizados ante las velas de una tarta de cumpleaños, una estrella fugaz, una pestaña caída o una mariposa blanca. Y yo boicoteándome todos estos años. Así que quedará con forma de borrador hasta el último día del año (se siente...).
Lo segundo, dar las gracias a todas esas personas que, de una manera u otra, hicieron alguna muesca a mi vida el pasado año. Gracias a los que decidieron quedarse, por voluntad propia. Gracias a los que, ya sea día a día o de vez en cuando, me recuerdan que están ahí y me muestran su cariño. Gracias, en resumen, a todas esas personas que significan tanto para mí... son poquitas, pero valen mucho. Y espero que sigais aquí cuando este año finalice, para que podáis celebrar conmigo todos los logros que tengo planeado conseguir.


lunes, 18 de noviembre de 2013

Perderme por Sevilla

Una de mis momentos favoritos de 2013 es que comencé a conducir en algún momento de Marzo y, desde mayo, pude hacerlo de manera autónoma y liberalizadora. De pronto, conocí la sensación de libertad que tantas veces había evocado, sin acabar de comprenderla. Parece irónico, que para liberarte, necesites de un gran armazón de metal y similares. Pero si abres las ventanas hasta abajo y pones la radio a todo volumen, de pronto, parece que volar no es un sueño tan lejano.

Me gusta conducir. Es similar a lo que sentía al patinar o lo que sentí aquel día que monté en moto, aunque los vaivenes y curvaturas no dependieran de mí. Y creo que en la satisfacción de sentirme libre, es donde realmente encuentro la felicidad, la realización y la paz.

Y yo pensando toda la vida que había que buscar la felicidad en elementos completamente diferentes. No estás conmigo y eso, durante algún tiempo, ha dolido más de lo que estoy dispuesta a admitir. Sin embargo, que no te tenga para compartir mi felicidad no debería significar que esas porciones tan densas de felicidad que puedo encontrar... por ahí... deban ser mermadas o desperdiciadas. Esta semana, he tenido muchos ratitos de esos, porciones, completas, piezas maestras de escenarios en los que poco podía imaginar tal desenlace. Y conducir, perdiéndome por las calles de Sevilla. Recitales, conciertos, tu brazo en mi cintura y tu mano tatuando las hojas de un libro recién estrenado. Y perderme por Sevilla. Cenas y cumpleaños y reencuentros y desencuentros. Volver a casa huyendo del frío. Meterme entre las sábanas moteadas que utilizo cuando las noches sevillanas rompen la tregua y el otoño invita a pasar al tardío frío de Noviembre. Más cenas, más encuentros, más charlas mientras parpadeo para humedecer los ojos que se quejan de tanto maquillaje. Risas, besos, amigas del colegio, recuerdos, melancolía. Y noches en Sevilla en las que perderme, cuando no puedo perderme en ti.

No creo en la suerte, ni en las casualidades, pero sí en la intuición y el destino. Todo tan etéreo y tan poco tangible. Y a la vez, todo tan poco científico (y, por ende, demostrable de alguna manera). Así que pienso que a fin de cuentas, cada uno elige en qué creer, sin nada más allá que esos ideales que se adapten mejor a nuestra piel -esa cobertura de diversas formas, colores, extensiones, formas que mantienen todo lo que somos de una pieza, bajo ella-, que formen capas entre los huesos y los músculos y se queden ahí, pegaditos, formando una parte indispensable, inquebrantable de nuestro propio ser.

Risas, besos y noches en Sevilla, en las que perderme,
cuando no puedo perderme en ti.

sábado, 5 de octubre de 2013

Fin.

Después de una época de sequía creativa, ayer, de pronto... tuve la urgente necesidad de escribir, en medio de Sevilla, sin batería en el móvil ni papel y boli a mano. Salí corriendo a la papelería más cercana y allí pude comprar un cuaderno (azul, de rayas, sencillo) y un boli (bic azul, normal, de toda la vida) con los que poder llevar a cabo la necesidad repentina de vaciar lo que llevaba por dentro.
Parece que funcionó.
Y de pronto empezaron a manar palabras y más palabras, sin mucho sentido y casi nada con demasiada calidad, pero sirvió, una vez más, como método canalizador y catarsis para limpiar el dolor que llevaba dentro. Y me siento mejor.
He dejado de arrugar la frente, en un gesto de continua concentración, he relajado por fin los gestos de la cara y la velocidad de mis pasos. La tristeza permanece, pero se ha vuelto llevadera.
Y ahora... ahora ya sólo resta dejar trabajar al tiempo.

Fin.

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Triana

Noches que se funden con el día,
como que Triana se funde con Sevilla.
Y, en medio de la confusión del donde y el cuando,
tu mano, fundiéndose con la mía.

domingo, 1 de septiembre de 2013

Recuperando hábitos

Hoy, mientras estrenamos septiembre, me doy cuenta de cuánto he echado de menos el hábito de la lectura a lo largo de estos últimos años. Porque me encanta leer (siempre me ha encantado), pero de pronto, de un tiempo a esta parte, sencillamente me costaba mantener el compromiso con una obra y acababa perdiendo el interés. En los últimos meses sólo había conseguido leerme "Contra el viento del Norte" en los viajes de idas y venidas hacia el hospital. En Agosto, sin embargo, he leído tres obras (enteritas), de muy diversa índole pero no puedo evitar comparar y darme cuenta que en mis mejores tiempos habría duplicado la cifra. ¿Por qué ya no? 
Así que vengo aquí con la firme decisión de que se tomen estas palabras como contrato.
Porque no sólo me ayuda a ampliar mi vocabulario y mejorar mi expresión, sino que consigue hacerme evadirme de todas esas situaciones o pensamientos que me pueden provocar dolor o molestia constante. Porque lo disfruto y porque es el mejor hábito que he tenido nunca. Porque me doy cuenta que, los días en los que leo, me resulta mucho más fácil dar respuestas perspicaces, irónicas, rápidas e inteligentes. Quizás porque, en los días que leo, noto mi mente mucho más lúcida y despierta, brillante, funcionando en todo su esplendor.

Obras de Agosto:
1.- "El Asesino de la Regañá" - Julio Muñoz Gijón
2.- "Asesinato en el Orient Express" - Agatha Christie
3.- "Una Segunda Oportunidad" - Jane Green

domingo, 18 de agosto de 2013

"¿Estás?"

"¿Estás?" - parpadea un mensaje nuevo en la pantalla.
"Estoy, pero sólo de paso" es lo que me apetece contestar.
Pero no me refiero a una red social
ni a un lugar siquiera.
No quiero ser una presencia
al otro lado de la pantalla.
Ni quiero ser un cuerpo
de voluntad anulada.

"¿Estás?" - aún parpadea, verde a intervalos,
y yo, me lanzo con la intención de teclear rápido e insonoramente
"Sí, pero sólo de paso".
Mi mano, sin embargo, dirige la punta de la flecha
a la X que acaba con todo.
"Estoy, pero no quiero quedarme,
no puedo quedarme,
no me quedaré.
Lo siento.
Estoy aquí,
como tantos otros,
sólo de paso.
Pronto,
pronto no estaré
y, mi recuerdo será el recipiente propicio
para la nostalgia".

*El usuario con el que intenta contactar está desconectado*

martes, 6 de agosto de 2013

Batería

Cierro los ojos. Respiro profundamente. Sigo con los ojos cerrados, mientras escribo esto. Me aprovecho de mi habilidad de conocer la situación exacta de cada letra de este teclado. Igualmente me gustaría poder presumir de conocer la situación exacta de cada lunar de tu cuerpo, de cada cicatriz, de cada marca en tu piel. Pero no puedo.
Con los ojos cerrados, todo parece mucho más fácil. Más de cobardes, sí, pero más fácil. Así no tenemos que enfrentarnos a la luz que entra por la ventana, a alguna hormiga que cruza a su paso la habitación, ni a darte cuenta que te encuentras en un lugar que no te permite hacer lo que más necesitas en este instante.
Ojos cerrados. La música relajante y repetitiva de Ommwritter se mantiene sonando... (abro los ojos, miro lo que escribo, nada parece tener sentido). Ahora, vuelven a caer, todo parece más fácil así, podemos entonces simular que estamos dormidos, que todo esto no es más que un sueño... un mal sueño... una pesadilla... de la que hemos de despertar, quién sabe si con un mensaje tuyo de buenos días.
Vaya, esto parece estar quedándose sin batería. Casi casi igual que mi propio corazón. Habrá que cambiarle las pilas. O dejar que agotada, descanse toda la noche, por una vez - por primera vez - en mucho tiempo. 
Tanto tiempo, como el que llevo sin ti.

domingo, 28 de julio de 2013

¿Te cuento un secreto?

"¿Te cuento un secreto?"
te pregunté en un mensaje,
los whatsapps no son dignos de confesiones.
"¿Te cuento un secreto?"
Supe que no lo habías leído,
o que lo habías leído y calificado como
"mensajes para contestar luego".
Quizás no estuvieras solo,
quizás no encontraras el momento,
sin embargo, sé que en el fondo,
tan pronto lo leyeras,
querrías saberlo.
"¿Te cuento un secreto?"
Me alegré, poco después,
de no recibir respuesta alguna,
¿qué habría de decirte?
Si tenía tanto, tanto que contarte...
Que me gustaría emborracharme contigo,
que me gustaría recogerte en el aeropuerto,
ir a la playa, al cine, a cenar,
abrazarte ahora mismo y llenarte de besos...
Pero sobre todo, sobre todo,
mi mayor secreto - y estaba dispuesta a confesártelo -
es que te echaba terriblemente de menos.

domingo, 21 de julio de 2013

La piscina de un hotel

De pronto, sin saber de dónde ha venido, la imagen o el recuerdo de una piscina en la azotea de un hotel en un rascacielos. Otros edificios asoman alrededor. Son todos grises, como monstruos de hojalata, sobresaliendo poderosos y soberbios sobre mí. Me pregunto si alguien, desde alguna de los miles de ojos de cristal de esos godzillas del siglo XXI me pueden ver o si verían, en su intento, apenas un ser humano insignificante a cien metros por debajo suyo. Mi bikini turquesa se mimetiza con el agua limpia y me da la impresión de ser parcialmente invisible. Me sigo preguntando si alguien mirará desde algún edificio cercano, pero pronto deja de dar igual y decido tomar el sol a intervalos. Pronto me aburro y regreso a esa habitación de hotel y te espero, que regreses del trabajo, allá a mediatarde, cuando la humedad de las calles se vuelve más pesada.
Muchos años y varios bikinis después, reconozco esa sensación - en la piscina de un hotel, en lo alto de un rascacielos - como libertad, en un lugar a varios miles de kilómetros de todo, donde nadie me conocía, excepto tú. Pero tú tampoco estabas. Y todo lo que tenía que decidir en aquel momento era si darme otro chapuzón o tatuarme la piel de canela con los rayos de un sol universalmente evocador.

Ahora creo que aquel momento fue uno de los que más mereció la pena de aquel viaje. 
Más incluso que estar contigo.
Reconocerme sola, conmigo misma, en el anonimato más total y absoluto.
Y no necesitar nada más.
Libertad sin medias tintas. 

20 de Julio

sábado, 20 de julio de 2013

Una copa de vino

Pronto sabré de ti.
A veces la intuición es tan certera
que parece una verdad a medias.
Con una copa de vino.
Y tus besos.
Todos para mí.
Aunque ahora parezcan tan lejanos. 
Algún día han de volver tus labios a mis labios.

Editado: y mientras releía esto, tan sólo un par de horas después,
me enviaste un mensaje.
Y después otro.
Y otro.
Y otro...

domingo, 17 de marzo de 2013

Las consecuencias de aquel 2003

Abro una caja, en la que revuelvo, un domingo cualquiera, buscando recuerdos. Pero el que me encuentro no es el que esperaba. Ese bote metálico turquesa de spray que me regalaste porque me gustaba como olía, hace ya 5 años. Le quito el tapón, aún huele. No huele como lo recordaba, porque nisiquiera lo recordaba. Pero ahora sí y ese olor, tan característico, subraya aquel día en mi memoria, de manera nítida, en el Cairo, cuando después de casi tres meses allí, hacía las maletas para volver. Azzurre. Y qué bien olía. Y qué bien huele. Y ese bote, que enciende la chispa que abre el cajón donde guardo recuerdos que no quiero perder (pero tampoco tener presente casi nunca más),  encadena unos a otros hasta que mi memoria parece colapsarse. La única solución es abrir esos cuadernos - uno por viaje - buscar tu letra en ellos, convencerme de que eso ya pasó hace mucho tiempo.
Ya no estás, pero tampoco te has ido.
No me hablas, ni me escribes, pero sé que a varios miles de kilómetros, aún me recuerdas. 
Siempre lo harás, inevitablemente.
De una manera u otra, siempre pagaremos las consecuencias de aquel 2003.

Negro y rojo, como aquellos emails infinitos.
De vuelta, al 2003.

lunes, 14 de enero de 2013

Mi más preciada posesión

Hoy, hoy quiero escribir.
Lo sé, puedo sentirlo cosquilleando entre los pensamientos y en las huellas dactilares.
Hoy, que quiero escribir no sé qué quiero escribir (o sobre qué)
o quizás sí lo sepa, pero aún no me haya dado cuenta.
Y eso, en este estado, me supone un verdadero problema.

Ahora recuerdo - confieso que lo hago de manera recurrente - el desasosiego que me provocó la lectura de "1984" y la idea que me asaltó al acabar: ¡Qué suerte que es la posesión de todos y cada uno de nuestros pensamientos, de nuestras ideas, de nuestros desvaríos! Una verdadera fortuna esta, y qué de problemas que nos ahorramos con esto, la verdad sea dicha de paso...
¿Os imaginais que la cabeza tuviera una zona transparente con una pantalla LED, donde fueran apareciendo en letras de neón todo lo que se nos ocurriera?

Me gusta ser consciente de ello,
y aún más me gusta la seguridad que me da poder pensar en la oscuridad del intelecto y la pasión,
- recordar a oscuras, imaginar a oscuras -
siendo siempre dueña absoluta de mis pensamientos, con la opción de poderles dar la forma que más me parezca antes de que salgan a la luz o, elegir, con todas sus consecuencias, que queden por siempre en la sombra.

Pequeños detalles


Detalles en un bar cualquiera,
en una calle cualquiera
de una ciudad cualquiera
que son capaces de arrancarle una sonrisa
a dos desconocidos.

A veces, 
- tan sólo a veces - 
esto es todo lo que hace falta
para recuperar, aunque sea un poquito, 
la fe en la humanidad.


sábado, 5 de enero de 2013

Mis 10 favoritos de 2012

Como ya va siendo tradición por aquí, os dejo mis 10 favoritos de 2012 ;)

1.- Nuestro encuentro en Madrid. El que iba a ser el primer 24 de una larga lista, pero que quedó ahí, haciéndolo único y especial (e irrepetible) (Algunas fotos).
2.- El aprender a levantarme, el esfuerzo personal, el autoconocimiento. Y en ello sigo, aún me queda un largo camino por recorrer. Pero es cuestión de tiempo.
3.- La llegada de Zoe. Las noches en vela, la papilla con jeringa. Los arrumacos que me das.
4.- Un año más contigo, chiquitito.
5.- Mi cumpleaños en familia. Mi cumpleaños con amigos.
6.- Aprobar el teórico.
7.- El Cairo. El regreso. Aquellos ratitos en la calle.
8.- Tú. El haberte "conocido" después de ocho años.
9.- Navidades familiares. Casi casi como "las de antes".
10.- Ratitos en familia. Ratitos con amigos. Reencuentros.

Y los... Diez favoritos de 2011
Y los... Diez favoritos de 2010 

lunes, 2 de enero de 2012

Mis 10 Favoritos del 2011

Este post puede parecer bastante similar a uno de hace apenas unos días. Sin embargo, ya escribí un post con la misma estructura a este hace justo un año (Mis 10 favoritos de 2010) y creo que es la mejor manera de reflejar lo que ha sido mi año, a través de la mejor manera que tengo de expresarme, que es la escritura per se...

1.- El haberte conocido y los paseos por Simón Verde.
2.- La revolución egipcia, la caída de Mubarak.
3.- El estreno de AparteMagazine y mi primer artículo, en el que puse tantísima ilusión.
4.- El viaje a El Cairo, los reencuentros, los paseos... los instantes irrepetibles.
5.- Mi cumpleaños en El Cairo, subirme a uno de los leones de Kasr el Nile: https://www.facebook.com/media/set/?set=a.10150270473754137.344582.517459136&type=3
6.- Ese viaje al fin del mundo
7.- El "click" interior, los cambios personales, la concienciación, la reflexión, las interminables horas de crecimiento interior: http://www.krisstyna.blogspot.com/2011/11/caminos.htmlhttp://www.krisstyna.blogspot.com/2011/11/fortuna.html
http://www.krisstyna.blogspot.com/2011/11/y-se-me-pasara-la-vida-sin-darme-cuenta.html
8.- Cumplir un sueño de infancia (gracias, tú sabes quién).
9.- La buena noticia de tu llegada, los planes juntos.
10.- La creación de mi pequeña tiendecita.

viernes, 30 de diciembre de 2011

Haciendo inventario del 2011

Ya es casi 2012... ¿el año del fin del mundo?
Ya casi ha llegado un año nuevo y como cada año, llega el momento de tomar conciencia de los errores cometidos a lo largo de los últimos 12 meses y convertirlos en experiencia y de felicitarse por las victorias conseguidas (qué han sido muchas).

De este año me quedo con muchas, muchas cosas, entre las que destacaría:
...todos los momentos pasados con Alejandro y todas las sonrisas que me regaló.
...la celebración tan especial por mi cumpleaños y el momento en que fui capaz de subir a un león de Kasr el Nil.
...aquella escapada al fin del mundo que sólo tú y yo conocemos.
...los cambios políticos en el mundo árabe.
...mi viaje a Egipto. Los reencuentros. Las despedidas.
...haberte conocido, recién estrenado el año que ahora acaba (y todos los ratitos que vinieron después).
...toda esas otras personas, personas increíbles, a las que he conocido.
...mi pequeña tiendecita virtual www.aljarafe81.wordpress.com
...las clases de patinaje.

Pero sobre todo, me quedo con...
...las confesiones a media noche o frente a una frutería cairota.
...las risas contigo. Las sonrisas que te he robado.
...los ratitos de fotografía, autodescubriéndome a mí misma.
...las charlas trascendentales en un coche aparcado en la oscuridad.
...las canciones que me arrancaron una sonrisa. O las películas que me arrancaron una lágrima.
...las llamadas inesperadas.
...los sueños cumplidos.
...los cambios personales, el crecimiento, el cambio de actitud.
...el último almuerzo en Abu Sidi.
...los ratitos con Batikha y Na3na3.
...todo lo que poquito a poco he ido sacando del pecho, he ido descargando de sobre mis hombros. La liberación del pasado.
...las risas. Las lágrimas. La respiración contenida.
...las máscaras que cayeron y las que callaron.

Intentaré olvidar...
...las lágrimas ya secas.
...las pérdidas - y los sentimientos reencontrados -.
...la manera en que fuimos olvidados.

Y, de esta manera, sólo cabe decir adiós al año 2011, que a ratos estaba deseando que terminara (¡cómo si fuera culpa del tiempo!) pero que ahora, echando la vista atrás, sólo es capaz de sacarme sonrisas. Gracias a todas aquellas personas que me habéis hecho, de una manera u otra, feliz. Gracias a los que habéis estado ahí cuando estaba triste, gracias a los que me han escuchado, gracias a los que me han animado y gracias a los que me habéis dado un empujoncito cuando lo necesitaba. Pero sobre todo, quiero dar las gracias a todas esas personas que me han estafado, mentido o traicionado, porque de esa manera me habéis regalado muchísimo tiempo con la gente que realmente me importa (y que habríais malgastado vosotros si hubieráis seguido la función tan sólo un poquito más).





domingo, 4 de diciembre de 2011

Sueño de infancia



Todos tenemos sueños, sueños imposibles, sueños poco probables, sueños que dependen del esfuerzo personal y sueños de infancia. Uno de mis sueños de infancia siempre fue saber patinar. Y pasaron los años. Y lo relegué a un lugar que se encontraba entre la imposibilidad y la melancolía. Pero entonces y, de pronto, casi sin ser demasiado consciente, ayer me encontré rodando lentamente en algún lugar de Sevilla.
Me caí y no me hice daño.
Volví a caerme y me lo pasé genial.
Y, de pronto, perdí el miedo.
Y dejaron de temblarme las rodillas.
Y comencé a avanzar.

Y todo eso me hizo darme cuenta de cuántos sueños he dejado de cumplir por el miedo a caerme, literal o metafóricamente. Y, con una energía y una ilusión renovada, no puedo más que pararme a pensar cuál será mi próximo sueño a cumplir. Para, poquito a poco, dejar de llenar mi vida de años e ir llenando mis años de vida.

PDTA: gracias Mamut, por hacerlo posible.



viernes, 9 de septiembre de 2011

El recipiente de barro

Recuerdo, como si de pronto fuera lo único que vi camino de algún lugar entre Alejandría y el fin del mundo, una casa muy humilde que aún se mantenía de pie junto a un pequeño riachuelo. El sol, poniente, se reflejaba en los reflejos dorados del río y a su vera, un hombre con galabiya estaba sentado sobre un gran paño. Desde no muy lejos, una mujer se acercaba con un recipiente que supuse estaba lleno de comida y, dos niños que jugaban cerca, se acercaron probablemente atraídos por el olor. Se sentaban para comer cuando dejé de verlos, pero recuerdo los reflejos dorados, el paño gris, el recipiente oscuro y el suelo lleno de verde. La humildad del lugar, la tranquilidad y la felicidad se respiraba en el ambiente. Me hubiera gustado entonces bajarme de aquel coche, cruzar el sendero de tierra que llevaba a ellos y compartir algo de aquel recipiente de barro, que podrían ser habas, arroz o incluso algo de carne.
Nunca sabré qué comieron.
Pero tampoco olvidaré lo que sentí al verlos.