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miércoles, 31 de diciembre de 2014

Libros de 2014


1.- "Drácula" - Bram Stoker
2.- "En un rincón del alma" - Antonia J. Corrales
3.- "El Mago de Oz" - Lyman Frank Baum
4.- "Si tú me dices ven, lo dejo todo... pero dime ven" - Albert Espinosa
5.- "La vida es suero" - Enfermera Saturada
6.- "Los niños diabólicos" - Curtis Garland
7.- "El retrato de Rose Madder" - S. King
8.- "Rabia" - S. King
9.- "Jesús me quiere" - David Safier
10.- "¡Muuu!" - David Safier
11.- "Todo lo que podríamos haber sido tú y yo si no fuéramos tú y yo" - Albert Espinosa
12.- "El detalle" - Jose Carlos Somoza

martes, 28 de octubre de 2014

"Primer Día de Verano" - Luis García Montero

Nadaba yo en el mar y era muy tarde,
justo en ese momento
en que las luces flotan como brasas
de una hoguera rendida
y en el agua se queman las preguntas,
los silencios extraños.

Había decidido nadar hasta la boya
roja, la que se esconde como el sol
al otro lado de las barcas.

Muy lejos de la orilla,
solitario y perdido en el crepúsculo,
me adentraba en el mar
sintiendo la inquietud que me conmueve
al adentrarme en un poema
o en una noche larga de amor desconocido.

Y de pronto la ví sobre las aguas.

Una mujer mayor,
de cansada belleza
y el pelo blanco recogido,
se me acercó nadando
con brazadas serenas.
Parecía venir del horizonte.

Al cruzarse conmigo,
se detuvo un momento y me miró a los ojos:
no he venido a buscarte,
no eres tú todavía.

Me despertó el tumulto del mercado
y el ruido de una moto
que cruzaba la calle con desesperación.
Era media mañana,
el cielo estaba limpio y parecía
una bandera viva
en el mástil de agosto.
Bajé a desayunar a la terraza
del paseo marítimo
y contemplé el bullicio de la gente,
el mar como una balsa,
los cuerpos bajo el sol.
                         En el periódico
el nombre del ahogado no era el mío.

"Primer día de verano"
Luis García Montero



jueves, 27 de febrero de 2014

"El café de los corazones rotos"

"Mi madre solía decir que el amor nunca se malgasta, aunque no te lo devuelvan en la misma medida que mereces o deseas.
- Déjalo salir a raudales - decía -. Abre tu corazón y no tengas miedo de que te lo rompan. Los corazones rotos se curan. Los corazones protegidos acaban convertidos en piedra." 

"El café de los corazones rotos" - Penelope Stokes.

sábado, 25 de enero de 2014

Cuando el Sol se va

Hay fuegos que no brillan sino en la oscuridad.
Y hay fuegos que no están hechos para alumbrar,
sino para dar calor. 
Hay otros que lo que tienen de belleza
lo carecen de utilidad. 
Hay fuegos que queman por su cercanía
y fuegos con cuyo recuerdo son capaces de quemar.
Que el sol no sea motivo de lamentaciones,
pues cada fuego, en su capacidad, es más que suficiente 
para desafiar a la oscuridad que deja aquel cuando se va, 
para dar calor cuando aquel se va,
para hacer que la mariposa baile, feliz, cuando aquel se va,
pues, a fin de cuentas, el Sol para la mariposa
- que no puede atravesar el Ozono y acercarse a él -
no es más que un dios pagano, un amor imposible,
el inalcanzable astro, que quema tanto
que a veces le hace olvidar la razón de su aleteo.

martes, 21 de enero de 2014

Aleteo constante

...A veces no importa, querido Ben Sahl, lo cerca que esté el fuego ni lo rápido que mueva sus alas. Es probable que la mariposa aún no sepa, que cuanto más rápido aletee, más avivará las llamas...

Nuestra labor

"Ah, nosotros hombres y mujeres somos como cuerdas en medio de diferentes fuerzas que nos tiran de diferentes rumbos. Entonces vienen las lágrimas; y como la lluvia sobre las cuerdas nos atirantan, hasta que quizá la tirantez se vuelve demasiado grande y nos rompemos. Pero la reina risa, ella viene como la luz del sol, y alivia nuevamente la tensión; y podemos soportar y continuar con nuestra labor, cualquiera que sea."

- Drácula por Bram Stoker

jueves, 5 de diciembre de 2013

Me gusta cuando...

Me gusta cuando callas
- si descansas junto a mí -
porque estás como ausente
- perdido entre las sábanas -
y me oyes desde lejos
- en la lejanía de nuestros dedos enlazados -
y mi voz no te toca
- pero el silencio nos envuelve -
Parece que los ojos se te hubieran volado
- y mi alma, con ellos -
y parece que un beso te cerrara la boca
- porque, a ratos, un beso te cierra la boca -.

1 de Diciembre


domingo, 1 de diciembre de 2013

viernes, 8 de noviembre de 2013

Poema de la Despedida - Jose Ángel Buesa

Poema de la Despedida:

"Te digo adiós, y acaso te quiero todavía.
Quizá no he de olvidarte, pero te digo adiós.
No sé si me quisiste... No sé si te quería...
O tal vez nos quisimos demasiado los dos.

Este cariño triste, y apasionado, y loco,
me lo sembré en el alma para quererte a ti.
No sé si te amé mucho... no sé si te amé poco;
pero sí sé que nunca volveré a amar así.

Me queda tu sonrisa dormida en mi recuerdo,
y el corazón me dice que no te olvidaré;
pero, al quedarme solo, sabiendo que te pierdo,
tal vez empiezo a amarte como jamás te amé.

Te digo adiós, y acaso, con esta despedida,
mi más hermoso sueño muere dentro de mí...
Pero te digo adiós, para toda la vida,
aunque toda la vida siga pensando en ti."

Jose Ángel Buesa

domingo, 6 de octubre de 2013

Obras de Septiembre

1.- "Cada Siete Olas" - Daniel Glattauer, 2010 (Segunda parte de "Contra el Viento del Norte)
2.- "El Principito", Antoine de Saint-Exupéry, 1943
3.- Rebelión en la Granja" - George Orwell, 1945

domingo, 1 de septiembre de 2013

Recuperando hábitos

Hoy, mientras estrenamos septiembre, me doy cuenta de cuánto he echado de menos el hábito de la lectura a lo largo de estos últimos años. Porque me encanta leer (siempre me ha encantado), pero de pronto, de un tiempo a esta parte, sencillamente me costaba mantener el compromiso con una obra y acababa perdiendo el interés. En los últimos meses sólo había conseguido leerme "Contra el viento del Norte" en los viajes de idas y venidas hacia el hospital. En Agosto, sin embargo, he leído tres obras (enteritas), de muy diversa índole pero no puedo evitar comparar y darme cuenta que en mis mejores tiempos habría duplicado la cifra. ¿Por qué ya no? 
Así que vengo aquí con la firme decisión de que se tomen estas palabras como contrato.
Porque no sólo me ayuda a ampliar mi vocabulario y mejorar mi expresión, sino que consigue hacerme evadirme de todas esas situaciones o pensamientos que me pueden provocar dolor o molestia constante. Porque lo disfruto y porque es el mejor hábito que he tenido nunca. Porque me doy cuenta que, los días en los que leo, me resulta mucho más fácil dar respuestas perspicaces, irónicas, rápidas e inteligentes. Quizás porque, en los días que leo, noto mi mente mucho más lúcida y despierta, brillante, funcionando en todo su esplendor.

Obras de Agosto:
1.- "El Asesino de la Regañá" - Julio Muñoz Gijón
2.- "Asesinato en el Orient Express" - Agatha Christie
3.- "Una Segunda Oportunidad" - Jane Green

En ese instante

"En ese instante oí que se quebraba algo en mi interior,
por un instante pensé que era mi corazón,
pero no, el corazón no se rompe...
Después entendí que se me había roto la esperanza
y estaba saliendo por mis ojos, tibia y salada..."

(Anónimo)

sábado, 10 de agosto de 2013

Si caminas lo suficiente

-Minino de Cheshire -empezó Alicia tímidamente, pues no estaba del todo segura de si le gustaría este tratamiento: pero el Gato no hizo más que ensanchar su sonrisa, por lo que Alicia decidió que sí le gustaba -. Minino de Cheshire, ¿podrías decirme, por favor, qué camino debo seguir para salir de aquí?
-Esto depende en gran parte del sitio al que quieras llegar - dijo el Gato.
-No me importa mucho el sitio... -dijo Alicia.
-Entonces tampoco importa mucho el camino que tomes - dijo el Gato.
- ... siempre que llegue a alguna parte - añadió Alicia como explicación.
- ¡Oh, siempre llegarás a alguna parte - aseguró el Gato -, si caminas lo suficiente!

(Alicia en el País de las Maravillas)

"Lo importante es llegar,
lo importante es llegar,
lo importante es llegar."
Sí, pero ¿a dónde?

sábado, 20 de julio de 2013

No siempre se puede


Porque, para mirarte,
no necesito más que el recuerdo.

El elogio de tener treinta años


El texto que viene a continuación no es mío, sino que ha sido tomado de aquí.
(Me pareció perfecto para la ocasión)


"Tengo treinta y tres años, no estoy casada ni tengo un hijo, y se supone que esto debería ser una tragedia. Dicen que al cumplir treinta las mujeres aterrizamos en una región donde la soltería se vuelve irreversible, el cuerpo te organiza una rebelión de celulitis y canas, y tu empleo se convierte en destino. La Rochefoucauld lo escribió en el siglo xvii: “El infierno de las mujeres es la vejez”. Hoy los treinta parecen ser la bestia peluda en el armario versión 3.0, el conflicto indispensable del que dependen las series de televisión gringa y los manuales de autoayuda. Una búsqueda veloz en Amazon arroja unos sesenta títulos que se encargan de la crisis femenina en esa edad: Encarar los treinta; Crisis de la mediana edad a los treinta; Treinta cosas que hay que saber antes de los treinta; La mujer de la generación x cumple treinta: mitos, misterios y colapsos mentales. Es una epidemia global: las mujeres que nacimos entre 1978 y 1982 seríamos el tercer país más poblado del mundo. Y nos han vendido la falsa urgencia de que los treinta son la fecha de caducidad de nuestros sueños y metas mientras todavía podemos llevar minifaldas y zapatos de tacón alto. A los treinta, mujer de treinta, envejeces y todo el mundo se encarga de recordártelo.

Pero ser una treintona solo le importa a quien sopla las velitas del pastel. La víspera de mis treinta me encontró angustiada en mi cubículo sin libro ni hijo ni árbol. Tomando café frío y obsesionada con el cliché. Muy cursi la escena. Muy soltera-profesional-siglo xxi. Muy Bridget Jones, Rachel Green y Carrie Bradshaw (santodiosquéspanto). Empecé a correr (después de los treinta, dicen las revistas, hay que esforzarse para estar en forma), contra mi convicción de que las personas felices no necesitan correr. Correr como si no hubiera mañana. Correr de espanto porque no quería convertirme todavía en persona adulta. Porque se me acababan las excusas y los mientras y la oportunidad de subirme a bailar en la mesa, borracha, sin mayores consecuencias. A los treinta no eres una achispada chica alegre, sino una mujer alcohólica. A los treinta cumplir años pierde la gracia si sientes que no has logrado nada. En esa fecha dejas de ser una joven promesa. Cada una de las cosas que empezaste a hacer “por mientras” ahora te define. Te has convertido en una profesional del trabajo temporal, del primer empleo, del hobby de la tarde. Me gustan los treinta porque es cuando La Vida te hace por fin un guiño. La traicionera que se ha pasado años anunciándose, mostrándote una pierna y luego bajándose la falda, se decide por fin a darte el sí.

Llegar a los treinta solo es una tragedia si vives en ciertos países de África, porque significa que te quedan seis años más de vida. También lo era en la década de los sesenta, cuando las latinoamericanas promedio vivían sesenta y dos años. Pero las estadísticas del siglo xxi, reportadas con fanfarria por los organismos especializados, indican que a los treinta no hemos llegado aún al intermedio de nuestras vidas. ¿Entonces por qué nos sentimos viejas? Cuando tienes veinte crees que en una década todos tus problemas estarán resueltos, y antes de eso el número es solo un lejano punto en el horizonte, un número cuya magnitud no apreciamos. Nuestra mente joven no comprende esa cifra y formula planes absurdos: para entonces –porque los treinta quedan lejos– tendremos un millón de dólares, cuatro hijos y dos casas. A los veintiocho el futuro es algo lejano, ajeno. A los treinta vienen las certezas: ya no postularás en Miss Universo, ni podrás ser seleccionada olímpica y el príncipe europeo de tu generación ya se enamoró de otra plebeya que no eres tú. A los treinta y cinco empiezas a ahorrar para la fertilidad asistida. A los treinta y seis hay gente de tu edad que gobierna países y los libros de historia recogen los noticiarios televisivos de tu infancia.

Cuando llegas a los treinta empiezas a cosechar. Tu llavero y tu cartera dan fe de tus responsabilidades y privilegios: te vuelves guardiana de puertas que solo tú puedes abrir, y puedes enfermarte o viajar cuando sea y costearlo sin ayuda. Te promueven, te suben el sueldo, te piden consejo y nadie –salvo tú– se cuestiona que lo mereces. La sabiduría antigua reconoce que los treinta son la época de la fortaleza. “El que no es bello a los veinte, ni fuerte a los treinta, ni rico a los cuarenta, ni sabio a los cincuenta, nunca será ni bello, ni fuerte, ni rico, ni sabio”, dice un refrán español. Los treinta están justo en medio de la edad en la que uno se casa y aprende a ganarse la vida y la edad en la que uno se vuelve sabio a punta de errores acumulados. Hace un tiempo una encuesta inglesa reveló que las mujeres gozan el mejor sexo de su vida a los veintiocho, se sienten plenas en su carrera a los veintinueve y contentas con sus relaciones a los treinta. Nuestra mejor época financiera, según esto, vendría a los treinta y tres, y dos terceras partes de nosotras pensamos que envejecemos más rápido que los hombres, revela el sospechoso estudio elaborado por Clairol, una compañía de –qué más– productos para teñirse el cabello. Así que todavía somos guapas –lo más guapas que nunca seremos– y tenemos dos o tres montañas pendientes de conquistar. Hemos dejado de preguntarnos a dónde vamos y empezamos a dirigirnos allí con paso firme y decidido.

A los treinta vas perdiendo ciertas vergüenzas. Te desnudas sin problemas frente a desconocidos: el ginecólogo, una o dos veces al año; la chica que te depila, cada tres semanas; el modisto que te hace un vestido divino que ahora puedes pagar. Abandonas también algo de la autocensura de las chicas menores. Empiezas a opinar en voz alta sobre la ola de asaltos en el barrio cuando sales a comprar la leche en pantuflas. Empiezas a salir a comprar la leche en pantuflas. Consolidas manías y obsesiones: decidir no bañarse el domingo está bien. La espera absurda en la fila del banco, inadmisible. Reconoces las situaciones donde fingir inocencia todavía funciona y aquellas en las que solo conseguirás lo que te propones con garra autoritaria. Te sales con la tuya casi todo el tiempo. Los mayores admiran tus ganas y los menores tus logros. A los treinta la vida no es eso que queda hacia adelante sino hacia atrás. Eres dueña de un refri, una agenda de contactos, una importante colección de zapatos, tal vez del corazón de un hombre o de una familia. Todos anclas. Las alas van poco a poco atrofiándose. Te vuelves terrenal.

Pasando los treinta no te queda otra que mirar alrededor y darte cuenta de que tus amigos mayores son adultos de verdad: tienen deudas, hijos, canas. Hablan de la panza y la política con tono cínico y desencantado. Los amigos más progre se compran perros para engañar el reloj biológico. Escuchan el tic-toc y miran hacia otro lado. Otros se operan, se divorcian, se pintan el pelo, apadrinan niños de la calle. Intentan darle sentido a lo que hacen, negocian con el calendario, esconden la partida de nacimiento. Ellos que ya no toman tanto café, que se desvelan pronto, se levantan temprano. Ellos, que se casaron, o se enfermaron de gastritis o dejaron de fumar o tienen hijos o compraron gatos o se hicieron vegetarianos o maratonistas o todas las anteriores. Tener el cuerpo en buen estado es un trabajo a tiempo completo, no un hobby. Te conviertes en sobreviviente a costa de algunos de tus placeres más queridos. Compras un seguro de vida y lees la letra pequeña, apagas el cigarro, piensas dos veces antes de lanzarte de un paracaídas o subirte a una moto. A los treinta y tres no he hecho nada de eso todavía. Irresponsable, abro la lata del café todos los días y aspiro un poquito con la certeza y la tranquilidad que me da conocer los límites permitidos. A los treinta sabes cuáles son tus vicios vitalicios y les reservas a cada uno un lugar: dos litros de café en la mañana, tres cigarros a la noche. Pero nada de fumar en la mañana, ni tomar café en la noche, porque te arrugas o te enfermas.

Si a los treinta no te has reconciliado con tu cuerpo, no lo harás nunca. A esta edad o estás feliz con el hecho de que las tetas no van a crecerte más, o has pasado ya por el cuchillo. Te vuelves cómplice de tu cuerpo porque aceptas por fin que es el único que vas a tener. Aprendes a jugar junto con él y no contra él. Lo has domado y convencido de que te pertenece y no al revés. A una treintona no se le acusa de caprichos hormonales: lloras y peleas porque lo has decidido, no porque sea ese día del calendario. Posiblemente ese día es cuando más amas tu cuerpo: aprecias que todavía funciona. El mapa de tu piel tiene manchitas y cicatrices. A los treinta te embarazas porque quieres o te descuidas. Un hijo se vuelve una decisión y no una contingencia. Sabes comprar ropa interior sin la ayuda de una dependienta que te indique el mejor tipo de sostén para tu cuerpo. A los treinta has aprendido lo que te va y lo que no te va. Entiendes que una persona de tu edad con zapato abierto y calcetín en color y textura contrastantes no luce como modelo de revista, sino como una vieja prematura regando el jardín. Aprendes a medir. El verdadero fracaso a los treinta es llegar a ellos sin entender que el delineador líquido no debe ir más que en el párpado superior y que menos maquillaje siempre es más. A los treinta juré no teñirme el pelo hasta que tantas canas lo hagan necesario. Para recordar cómo me veo ahora sin aditivos ni –tantos– conservantes. A los treinta sabes que solo valen las promesas en tus propios términos. Y que faltar a ciertos juramentos es un requisito para madurar.

A los treinta ya eres una viajera frecuente de las relaciones amorosas y tienes millas suficientes para navegar por los líos del corazón. Las veinteañeras te miran pasar con envidia mientras arrastran pesados equipajes por los que pagan caro el viaje de querer. A los treinta te vas olvidando de tomar fotos de cada momento simbólico y de visitar los lugares comunes de la vida en pareja, y te concentras en disfrutar cada momento. A los treinta sabes que el amor no está en esa forma turística del romance sino en el encanto del atardecer en una esquina cualquiera. Aprendes que lo más importante del amor no es el deseo ni la adrenalina de sentirse vulnerable sino la valentía. Te pones valiente. Pides más pero peleas menos y te marchas cuando te das cuenta de que uno de los dos ha empezado a pelear más o a pedir menos. Entiendes que una pareja no es el principio ni el final de nada y sabes despedirte con elegancia. Si a los treinta sigues soltera, miras a tu alrededor y entiendes que solo has corrido con buena suerte.

Resignarse a la edad, a esta edad, parece un buen camino para hallar cierta tranquilidad. Salvo que el futuro parezca aún más gris: ahora soy una cuarentona en potencia. Los treinta han dejado de parecerme miserables, aunque solo por la sospecha de que los siguientes son aún peores que los redondos treinta. Amo los treinta porque se escapan con la misma rapidez que los veinte pero con un vértigo mucho más cruel. Entiendes que el futuro está sentado hace dos semanas en la sala de tu casa y no lo reconoces. Te saluda todas las mañanas en el espejo. “Esta es la mujer que vas a ser”, te dice mientras te enjabonas en la ducha y adviertes que se te ha formado un firme descanso de cadera ahí donde antes suspiraba la cintura. El futuro es ese sobre sin abrir que llega puntualmente a tu buzón cada fin de mes. A los treinta por fin lo abres y te haces cargo de la factura. “Las niñas ríen. Las viejas ríen. Las mujeres de tu edad no ríen, están condenadamente ocupadas con el serio asunto de vivir”, le dice un hombre a su joven amante en El cuaderno dorado, de Doris Lessing. A los treinta reímos cada vez más." 


lunes, 15 de abril de 2013

"El Buscador" de Jorge Bucay

Esta es la historia de un hombre al que yo definiría como buscador. Un buscador es alguien que busca. No necesariamente es alguien que encuentra. Tampoco esa alguien que sabe lo que está buscando. Es simplemente para quien su vida es una búsqueda.

Un día un buscador sintió que debía ir hacia la ciudad de Kammir. Él había aprendido a hacer caso riguroso a esas sensaciones que venían de un lugar desconocido de sí mismo, así que dejó todo y partió. Después de dos días de marcha por los polvorientos caminos divisó Kammir, a lo lejos. Un poco antes de llegar al pueblo, una colina a la derecha del sendero le llamó la atención. Estaba tapizada de un verde maravilloso y había un montón de árboles, pájaros y flores encantadoras. La rodeaba por completo una especie de valla pequeña de madera lustrada… Una portezuela de bronce lo invitaba a entrar. De pronto sintió que olvidaba el pueblo y sucumbió ante la tentación de descansar por un momento en ese lugar. El buscador traspaso el portal y empezó a caminar lentamente entre las piedras blancas que estaban distribuidas como al azar, entre los árboles. Dejó que sus ojos eran los de un buscador, quizá por eso descubrió, sobre una de las piedras, aquella inscripción … “Abedul Tare, vivió 8 años, 6 meses, 2 semanas y 3 días”. Se sobrecogió un poco al darse cuenta de que esa piedra no era simplemente una piedra. Era una lápida, sintió pena al pensar que un niño de tan corta edad estaba enterrado en ese lugar… Mirando a su alrededor, el hombre se dio cuenta de que la piedra de al lado, también tenía una inscripción, se acercó a leerla decía “Llamar Kalib, vivió 5 años, 8 meses y 3 semanas”. El buscador se sintió terriblemente conmocionado. Este hermoso lugar, era un cementerio y cada piedra una lápida. Todas tenían inscripciones similares: un nombre y el tiempo de vida exacto del muerto, pero lo que lo contactó con el espanto, fue comprobar que, el que más tiempo había vivido, apenas sobrepasaba 11 años. Embargado por un dolor terrible, se sentó y se puso a llorar. El cuidador del cementerio pasaba por ahí y se acercó, lo miró llorar por un rato en silencio y luego le preguntó si lloraba por algún familiar.

- No ningún familiar – dijo el buscador - ¿Qué pasa con este pueblo?, ¿Qué cosa tan terrible hay en esta ciudad? ¿Por qué tantos niños muertos enterrados en este lugar? ¿Cuál es la horrible maldición que pesa sobre esta gente, que lo ha obligado a construir un cementerio de chicos?

El anciano sonrió y dijo: -Puede usted serenarse, no hay tal maldición, lo que pasa es que aquí tenemos una vieja costumbre. Le contaré: cuando un joven cumple 15 años, sus padres le regalan una libreta, como esta que tengo aquí, colgando del cuello, y es tradición entre nosotros que, a partir de allí, cada vez que uno disfruta intensamente de algo, abre la libreta y anota en ella: a la izquierda qué fue lo disfrutado…, a la derecha, cuánto tiempo duró ese gozo. ¿Conoció a su novia y se enamoró de ella? ¿Cuánto tiempo duró esa pasión enorme y el placer de conocerla? ¿Una semana? ¿dos? ¿tres semanas y media? Y después, la emoción del primer beso ¿cuánto duró? ¿El minuto y medio del beso? ¿Dos días? ¿Una semana? ¿y el embarazo o el nacimiento del primer hijo? ¿y el casamiento de los amigos?, ¿y el viaje más deseado?, ¿y el encuentro con el hermano que vuelve de un país lejano? ¿Cuánto duró el disfrutar de estas situaciones?¿horas?, ¿días? Así vamos anotando en la libreta cada momento y cuando alguien se muere, es nuestra costumbre abrir su libreta y sumar el tiempo de lo disfrutado, para escribirlo sobre su tumba. Porque ese es, para nosotros, el único y verdadero tiempo vivido.

Jorge Bucay

sábado, 6 de abril de 2013

"Poema de las Cosas" - José Ángel Buesa

Quizás estando sola, de noche, en tu aposento
oirás que alguien te llama sin que tú sepas quién
y aprenderás entonces, que hay cosas como el viento
que existen ciertamente, pero que no se ven...

Y también es posible que una tarde de hastío
como florece un surco, te renazca un afán
y aprenderás entonces que hay cosas como el río
que se estan yendo siempre, pero que no se van...

O al cruzar una calle, tu corazón risueño
recordará una pena que no tuviste ayer
y aprenderás entonces que hay cosas como el sueño,
cosas que nunca han sido, pero que pueden ser...

Por más que tú prefieras ignorar estas cosas
sabrás por qué suspiras oyendo una canción
y aprenderás entonces que hay cosas como rosas,
cosas que son hermosas, sin saber que lo son...

Y una tarde cualquiera, sentirás que te has ido
y un soplo de ceniza regará tu jardín
y aprenderás entonces, que el tiempo y el olvido
son las únicas cosas que nunca tienen fin.



(José Ángel Buesa)

jueves, 25 de octubre de 2012

Dos grandes amores - Paulo Coelho


Dicen que a lo largo de nuestra vida tenemos dos grandes amores; uno con el que te casas o vives para siempre, puede que el padre o la madre de tus hijos... Esa persona con la que consigues la compenetración máxima para estar el resto de tu vida junto a ella...

Y dicen que hay un segundo gran amor, una persona que perderéis para siempre. Alguien con quien naciste conectado, tan conectado que las fuerzas de la química escapan a la razón y os impedirán, siempre, alcanzar un final feliz. Hasta que cierto día dejareis de intentarlo… Os rendiréis y buscaréis a esa otra persona que acabaréis encontrando.

Pero os aseguro que no pasaréis una sola noche, sin necesitar otro beso suyo o, tan siquiera, discutir una vez más... Todos sabéis de qué estoy hablando, porque mientras estabais leyendo esto, os ha venido su nombre a la cabeza. Os librareis de él o de ella, dejareis de sufrir, conseguiréis encontrar la paz (le sustituiréis por la calma), pero os aseguro que no pasará un día en que deseéis que estuviera aquí para perturbaros. Porque, a veces, se desprende más energía discutiendo con alguien a quien amas, que haciendo el amor con alguien a quien aprecias.


Paulo Coelho