sábado, 28 de febrero de 2015

El Paracaídas

Al final, da igual cuánto te prepares, cuánto lo dejes correr, cuanto tiempo dejes pasar antes de saltar al vacío. Al final, da igual, va a doler igual. Tus huesos igualmente se romperán en mil añicos, pero dará igual, no te darás cuenta, porque para entonces tu corazón ya habrá parado de latir.
Supongo que eso debe ser tirarte en paracaídas y que el paracaídas no se abra.
Eso he leído, que cuando no se abre, suele darte un infarto y ya no te das cuenta de nada más.
Así que lo preparas todo para saltar, sabiendo que la posibilidad está ahí, pero deseando que no seas tú el porcentaje de esos pocos con tan mala suerte. Pero no puedes dejarlo para siempre, si de verdad, de verdad, de verdad, deseas saltar.
Y saltas.
Y creías que no serías tú, pero sí, ahí está la estadística, la excepción, la minoría, golpeándote la cara (golpeándote, de hecho, cada hueso de tu cuerpo... y deben ser muchos). Ahí está el golpe, la caída, el dolor que no sientes porque ya estás muerto. Aunque entonces te pongas de pie, te sacudas de la ropa el polvo con la mano, te quites el paracaídas y sigas caminando.

domingo, 22 de febrero de 2015

Le Week-End

"- Mira, no soy tan idiota, pero Nick, estaba tan deprimido, me asfixiaba, me moría... Vi a todos los psiquiatras del Upper West Side hasta que por fin di con uno que, por supuesto, me dijo lo que yo quería oír. Y entonces, me liberó. Y una mañana abandoné a mi mujer sin llevarme ni el cepillo de dientes. Una locura total, acabé aquí. Pero entonces decidí volver a hacerlo todo otra vez: amor, matrimonio, hijos, y ahora estoy aquí disfrutando, manteniendo a la Mona Lisa fascinada y ella me adora. No ve mis defectos, aún, pero algún día los verá, en fin... los verá. ¿Soy un valiente o un imbécil?
- ¿Por qué has querido volver a pasar por todo eso?
- Porque soy vanidoso, porque soy ridículamente vanidoso, quiero ser adorado y esperado y escuchado ¿tú no?
- No comparto tu autoengaño
- ¿Por qué autoengaño? ¿En qué me engaño?
- En que abandonando a alguien eres libre..."

Le Week-end

jueves, 5 de febrero de 2015

Más de media hora sobrepasa la medianoche...

Algo más de la media hora sobrepasa la media noche. Y yo, que quería escribir algo más seguido y sigo dependiendo de la inspiración que a veces me atosiga... y a veces no llega.
Yo preferiría que la tristeza no sustituyera esa inspiración tan genuina, porque inspira igual, pero sólo cosas tristes.
Metida en la cama sin cenar, mastico almendras sin sal que caen en un estómago empalagado de las palabras que ya no salen por la boca. Y me duele la cabeza, de darle vueltas. Y creo que lo que cae por dentro, también va a parar al estómago. No sé lo que digo. Debe ser el cansancio.
Y es que, escribir sin ganas es casi como escribir sin intención o, directamente, no escribir.
Me duele la cabeza, pero escribo.
Con los ojos cerrados, escribo, sólo necesito los dedos y el teclado, automáticos los movimientos, como el ciego que llena una taza de café.
Hoy ha sido el día más emocionante y tristemente ensordecedor, de todo lo que va de año.Y así, de la intensidad de la alegría a la intensidad del dolor, me he ido desgastando, descamificando, lacerando.
Entre medias, como para darme una tregua, me he quedado dormida. Tan profundamente dormida, que me he despertado desorientada, creo que el cuerpo me lo pedía. Ahora vuelvo a estar en la cama, más de media hora sobrepasando la medianoche de un día cualquiera de primeros de febrero...



miércoles, 4 de febrero de 2015

10 Capricretos para 2015 :)

1.- Desayunar gofres con nata y chocolate.
2.- Ir al zoo.
3.- Ver la nieve.
4.- Apuntarme a una carrera.
5.- Ver 100 películas.
6.- Leerme 25 libros.
7.- Aprender a hacer sushi.
8.- Ir a un cine de verano.
9.- Vestirme de flamenca.
10.- Arreglarme el tatuaje.

domingo, 1 de febrero de 2015

Mis momentos favoritos contigo (2014)

El Año empezó hace casi un mes y sigue habiendo posts que quería haber escrito hace ya algunos días, pero a veces los vaivenes de la vida no te dejan tiempo para esos ratitos de paz. El punto es que cada año, cuando acaba, cuando comienza, me gusta pensar y elegir los mejores momentos del año anterior. Obviamente, suele ser muy complicado resumir en pocas líneas tantos momentos vividos y, si hay que priorizar, la gran mayoría se quedan fuera y, si en la lista de este año te hubiera incluido, me habría quedado aún menos margen para todo lo demás (porque, en otras palabras, muchos de los mejores momentos de este año han sido contigo).
Así que decidí, sin que sirva de precedente, crear una entrada paralela a esta dedicada a mis momentos favoritos de todos esos (que no son pocos) que hemos vivido juntos. Acabada esta mini-introducción, comenzamos:

Mi cumpleaños. Mi cumpleaños extra.
Tu cumpleaños. Tu cumpleaños sorpresa. Yo con la jaula en el coche. Tú con los ojos cerrados mientras intentaba llegar al Alamillo sin que te dieras cuenta.
Aquella noche en el Corner, bebiendo algo con tus amigos. Tu mirada.
La semana de hospital en que no nos separamos ni un momento. Dormir en el sofá. Estar ahí.
Aquella tarde en que me recogiste y nos fuimos a comer perritos calientes y pizza a IKEA. Recuerdo que compré dos jarroncitos por 0.50 céntimos, que me encantaban, pensando que los llenaría de flores secas de colores alegres.
Aquel día de Alamillo con toallas de playa y rayos de sol.
La barbacoa de hamburguesas de buey en casa de Migue. Y los juegos de mesa. 
La barbacoa de hamburguesas de buey en casa de Sund. Y el perrito mordiéndome los pies.
Aquel día de playa en que no nos bañamos porque hacía demasiado viento. Pero nos hartamos de comer helados y no paramos de reír.
El día de mi tatuaje, en que me acompañaste recién acabados de comer. Ambos paseando con sendos Monster a cuestas y un ataque de nervios extra para mí.
Cada una de las noches que hablábamos por teléfono antes de dormirme a las 10 porque tenía que levantarme a las 6.30 para ir a coger aceitunas. La ilusión de reencontrarnos el primer fin de semana que volví de Estepa. La cena en el Asador. 
Que al día siguiente vinieras a verme y nos pasaramos las horas al sol en el parque de detrás de casa.
El primer fin de semana que viniste a verme a Estepa. Que me esperaras con la comida hecha al volver del trabajo. La Feria Medieval. La tormenta a la vuelta. Que me quedara dormida viendo "Her".
Aquella noche de Agosto por Triana y aquel bar. 
Nuestro primer día de Navidad y la barbacoa en familia.
Nuestro baile y nuestras uvas el 31 de diciembre.
Nuestro paseo por Sevilla para ver el espectáculo de luz en la fachada del Ayuntamiento. Nuestras fotos juntos.
Aquel día de playa en el que no nos bañamos porque hacía frío. Pero comimos todo el helado del mundo y no paramos de reír.
La maratón de cine y la pizza que fuiste a buscar solo.
Y entonces, está cuando te intentaste colar en mi coche por la ventanilla del conductor, cuando me "robaste" un zumo en aquella campaña de donación de sangre, cuando desayunamos palmeras frente a "las lucecitas" justo antes de salir yo hacia Estepa, cuando fuimos a ver los fuegos artificiales en la Feria, cuando apareciste por sorpresa en el INEM mientras yo esperaba mi turno, cuando, tras regresar mi primer fin de semana de Estepa te habías pelado (después de aquella fiebre tuya de dejarte los pelos largos para hacerte trenzas), los miércoles de cine.

El japonés, el mejicano, el Papasá, el McDonald, el Telepizza, el Quini, la Choza, el chino de Ciudad Expo, Pizza Hut, los Pacos, el Burger King, el buffet libre chino, hermanos Morales, los cacahuetes, el Asador de Bormujos y el bar de carretera donde desayunamos a la vuelta de Cádiz.
Y la placita y las lucecitas y el mirador y nuestro sofá en Origen.
Y Sanlúcar y Pinomontano y Huelva y Estepa y Cádiz.
Y 2013. Y 2014. Y 2015.
Y tú. Y yo.




jueves, 29 de enero de 2015

Días en Estepa

Echo de menos Estepa.
Ni siquiera sé si por sí misma, por su gente, por su tranquilidad o por lo que allí viví. Pero la echo de menos. La echo tanto de menos, que no hay un día en que no me acuerde de ese mes escaso que me cambió un poquito, para siempre.

Muchos días, cuando me levanto sin nada que hacer, pienso en cómo aquellos días me levantaba y aún era de noche, cómo me abrigaba y nunca olvidaba la gorra (quién me lo iba a decir a mí). Cuando salía de casa, con todo oscuro, no había un alma en las calles estrechas, flanqueadas de casitas blancas, y mis pasos resonaban sobre los adoquines de piedra, excepto cuando creyendo que se avecinaba llovizna, me ponía mis botas de agua en las que acababan colándose terrones de tierra y piedra y que apartaba con los deditos de los pies hasta que tenía que quitármelas y dejar que cayeran. Pero daba igual, porque para cuando se me llenaban los pies de tierra, yo ya había visto amanecer entre los olivos y la sensación de paz me embargaba lo suficiente para dejar de darle importancia a esas cosas. 
Un rato después, sobre las 10.30 u 11 parábamos para desayunar, aunque yo lo hacía a desgana porque no tenía apetito aún pero agradecía esos 10' en los que poder sentarme en el suelo, muchas veces tierra húmeda, respirar aire fresco y que el sol me hiciera cosquillitas en la espalda.
Y acababa el jornal y llegaba a casa a las dos y algo, reventada pero satisfecha y me sentía bien y la espalda dolía un poco menos (supongo que la felicidad es el mejor analgésico), porque a esa hora ya había trabajado mis siete horas y tenía toda la tarde por delante. A esa hora, ya había aprovechado el día y había ganado, con mucho esfuerzo, mi jornal diario. Y me sentaba a comer en la terracita, muchas veces después de descansar un rato, y entonces casi se me hacía la hora de ver atardecer sobre la sierra. Charlaba con Patricia antes y durante y, a veces, también después, de trabajo, de olivos, de Córdoba y Sevilla. Y así se nos pasaban los ratitos muertos.
Y entonces estaban esos viajecitos al Mercadona, un par de veces por semana, en los que siempre caía algún caprichito innecesario con el que me mimaba (chocolate, patatas fritas, galletas) que muchas veces me hacían llegar a casa a la hora de cenar algo (sobre las 8) para poder acostarme temprano, tener esa charlita de cada noche y dormirme a tiempo de descansar mis siete horas en ese colchón envolvente y achuchable en el tomé la costumbre de abrazar mi almohada sonriente (nunca me ha quedado claro, pero creo que es una pieza de sushi con ojos).
Y estaban los paseos puntuales por las calles, donde a menudo olía a almendra tostada y canela. Y la sensación de ser una forastera medio a escondidas. Y estar por fin trabajando, aunque fuera lejos de casa, porque entonces algunos fines de semana estaban los viajecitos de vuelta a casa (esa sensación de pertenencia y de regreso al hogar) y los viajecitos de vuelta a Estepa (esa sensación de satisfacción personal y autosuficiencia)

Y por la noche, siempre esperándome, las estrellas, esas estrellas mágicas en un cielo azul, que probablemente sean las más bellas que haya visto en mi vida. Y les echaba un vistazo justo antes de meterme en la cama, sintiéndome bien.
Supongo que en eso consiste todo, en sentirse bien cuando te echas a dormir por la noche. Sentirte en paz, sentirte capaz.
Lo echo tanto de menos.
Pero tanto, tanto, que creo que lo echaré de menos para siempre y ese trozo de mí quedará siempre huérfano de los olores a canela, de las calles empedradas, de los olivos y las vistas a la sierra.