¿Dónde fueron todas aquellas palabras, fragmentos de poemas, reflexiones, que nunca escribí? Se perdieron, creo, en la noche.
Como un gato que pasea por los tejados.
¿Dónde fueron todas aquellas palabras, fragmentos de poemas, reflexiones, que nunca escribí? Se perdieron, creo, en la noche.
Como un gato que pasea por los tejados.
Y desde entonces, y más últimamente que nunca, me pregunto ¿cómo será volver a pisar tus calles? ¿cómo será recorrer de nuevo tus caminos, entre otras personas que ya no me conocen, entre rostros desconocidos? ¿Cómo será volver y no recordar cómo llegar a mi sitios favoritos, cómo atajar hasta esos pisos que no son míos pero que alguna vez fueron un poquito míos? ¿Cómo conseguiré no perderme en el ciempiés subterráneo que atraviesa toda la ciudad? ¿Cómo será volver a dónde fui feliz, tan feliz, durante tanto tiempo?
Hay gente que no cree en las máquinas del tiempo, no piensa que sea posible que existan ni puedan existir, pero no es verdad. No lo es. Podría decir que yo tengo una, pero estaría mintiendo, porque no tengo una pero sé que existe, porque no te tengo, pero tú siempre has sido mi máquina del tiempo.
Sólo tengo que abrir esa conversación que viste tu nombre, mientras acaricio la madeja de hijo rojo que nos une desde hace casi 20 años. Te saludo, me saludas, sé que sonríes, yo también sonrío y hablamos ¿y sabes qué? sólo hace falta eso para que mágica, milagrosamente, vuelva a los 22 años y estoy en la Universidad y hacemos planes para vernos, el próximo verano, en El Cairo. Y hablamos de dónde iremos, de cuándo o dónde nos veremos, y tú estarás celoso y yo no entenderé por qué, si sé lo especial que eres para mí (aunque aún no me haya enamorado). Bromeamos, reímos, hablamos sin parar, tanto como nos permite el tiempo, sin saber que para otros el tiempo se acaba, pero para nosotros es (y siempre será) eterno. Porque nosotros, con 35, 37 ó 40 seguiremos teniendo 22, sólo hace falta acudir a ese móvil dónde duerme nuestra máquina del tiempo.
Nadie sabrá entonces, como nadie sabe ahora, que pasarán casi 20 años (y quién sabe cuántos más), y el hilo rojo nunca se romperá. Hará falta una pandemia, años después de que me despidiéramos en el aeropuerto y volveremos a hablar, primero preocupados por la situación, después alegres de haber tenido ese motivo para volver a saber del otro, rompiendo un vacío sordo, inmenso y totalmente innecesario (al menos, para nosotros dos). Y desde entonces, buscaremos excusas, escondites, rincones secretos, para acudir a nuestra máquina del tiempo. Y, quizás el próximo verano, cuando tenga veintitantos, podamos volver a la Plaza Tahrir, a comer dátiles junto al Nilo, a pasear durante horas mientras el día se confunde con la noche y, la noche, con el alba. Y celebraremos mi cumpleaños subiéndonos a los leones que guardan Qasr el Nil, ante la atónita mirada de transeuntes y espectadores, y comeremos farfoura mientras me animas a perseguir mis sueños, y tomaremos zumos de mango y taxis negros hacia el parque de Al-Azhar. Quizás entonces podremos hablar del futuro, la próxima década, cuando cumplamos los 30. O quizás entonces queramos hablar del pasado, cuando casi casi cumplimos los 30.
Sé que suena lejano, incrédulo, imposible, pero yo sé que volveré a verte. No sé cuándo ni dónde, pero nos veremos. Quizás entonces, dejaré de tener alguna edad inconcreta entre los 22 años, como la primera vez que hablamos, y los 28 años, como la última vez que nos vimos. Quizás entonces, cuando te vuelva a ver, creas en lo que te dije en nuestro último viaje en el tiempo.
¿Y si hago como que me emborracho
Para poder decirte todo lo que pienso, cuando pienso en ti?
Como cuando alguien ya casi inerte,
casi rendido, casi ido, inesperadamente
boquea, coge aire y abre los ojos de repente.
Así fue cuando me aparté de tu lado,
así como me desperté de esta pesadilla
y tal que así volví a la vida,
llenando los pulmones de aire
los labios de ganas y los ojos de risas.
Así fue cómo salí de un entorno laboral tóxico
que durante algo más de un año
me quitó de todo un poco,
cada hora de cada día de cada mes,
poquito a poco, poquito a poco
hasta sumergirme en un letargo oscuro y viscoso.
Pero aquellos que no me tuvieron en cuenta
tampoco tuvieron en cuenta...
la llama que siempre arde, que ilumina, que caldea,
la llama que, en tu descuido, prendió fuego de dentro hacia fuera,
la llama que inundó todo con su luz,
la llama que arrasó todo con su fuego.
Y al final, cuando me creías hundida,
resurgí de mis cenizas, envuelta en llamas,
como un Ave Fénix incandescente.
PDTA: No te deseo el mal,
tan sólo que recibas en la vida
justo aquello, justito eso que tú das.
Adiós.
Fíjate de la intuición,
que grita mediante los pellizquitos en las entrañas.
Son los ojos de todo aquello que no se ve.
La prudencia en cada frase,
la educación, que es casi lo mismo,
los ojos bonitos, que me dices que tengo,
o esas piernas rotundas e infinitas.
La sonrisa que se alinea,
o las primeras arrugas,
que no fume, que no beba,
que mi droga sea tu risa,
la física, la química,
o la magia del encuentro,
todo da igual, al final no importa,
sea como fuere, por más que lo intente,
nunca soy el amor de tu vida.
Es tan creíble la sensación
De qué en cualquier instante, en la noche,
Quizás esta noche,
A mi espalda respire tu pecho,
Y me abraces dormido
Y pueda dormir en paz.
Es tan creíble que, si cierro los ojos,
Estarás aquí.
Te he prestado tu barbilla
Para que me digas todo aquello
Que no me dirías
Si no fuera con mi voz.
Cuando dos almas están conectadas,
Se llaman una a otra sin que (sus humanos) lo sepan.
Y se tienen sensaciones
Y se le llama intuición,
O simplemente lo ignoramos pensando
Que son sólo producto de nuestra imaginación.
Hay que escuchar al cuerpo, dicen.
Hay que escuchar al alma, añado.
Pues no es uno más que el reflejo
De aquello que contiene,
De aquello que sostiene,
En lo más profundo de esos 21 gramos.
¿Y si nos hubiésemos conocido dos semanas después?
¿Y si hubiésemos coincidido alguna vez en ese grupo de amigos?
¿Y si te hubiese preguntado a ti aquella tarde de verano?
¿Y si te hubiera conocido unos años antes?
¿Y si te hubiese sabido entender?
¿Y si me hubieses sabido comprender?
¿Y si nos hubiésemos querido un poco menos y un poco mejor?
¿Y si hubiésemos sido perfectos el uno para el otro?
Porque lo que pudo ser y nunca fue,
Lo que podía haber sido
Quizás sea, quizás esté siendo y no lo ves.
Piénsalo...
Los recuerdos anidados en tus ojos,
Tus bocaditos de piraña en los dedos,
Cuando (me) cocinas pollo para que me guste,
Y el sonido de tu risa.
Tu media sonrisa,
Que nunca me apartes un abrazo,
"Esa" (primera) mirada,
Cuando me besas,
Y el sonido de tu risa.
La manera en que me miras,
Los abrazos que rodean,
Las miradas al mañana,
y el sonido de tu risa.
Tus te quiero.
Y como suena tu risa.
Y como sabe tu risa.
Y todo lo que esconde tu risa.
Y cómo sacó a Cupido del coma.
Empiezo borradores que no acabo, todos hablan sobre ti, pero ninguno dice lo que yo quiero decir. Como, por ejemplo, que hace frío y ojalá estuvieses aquí para abrazarme, que hoy he encontrado tickets de algunos sitios a los que fuimos juntos y que han pasado a ser nuestros, aunque nunca lo fueran (ni un poquito), que espero que cada día, después de las seis, suene el porterillo y estés tú al otro lado (pero nunca eres tú), que quiero una máquina del tiempo que me lleve de tu mano a aquellas noches de verano que pasamos juntos, que aún no he sido capaz de borrar nuestras fotos, nuestra lista de planes, ni deshacerme de estas ganas de verte aparecer. Cada vez. Siempre.
Empiezo borradores que no acabo, todos hablan de ti, pero ninguno dice todo lo que quiero decir.
Como que te echo de menos. Como que aún espero que vuelvas. Como que es cuestión de tiempo que tú también me eches de menos. Y quizás, quién sabe, quizás entonces... lo entiendas todo.
“Tengo miedo de verte,
necesidad de verte
esperanza de verte
desazones de verte
tengo urgencia de oírte
alegría de oírte
buena suerte de oírte
y temores de oírte
o sea
resumiendo
estoy jodido
y radiante
quizás más lo primero
que lo segundo
y también viceversa".
Mario Benedetti
Un día más que pasa, un día más que consigo no enviar ese mensaje o ese correo o esa carta. Un día más lo consigo y no escribo en esa ventana.
Cómo quien deja una adicción, me enfoco en conseguirlo un día más, tan sólo un día más, a pequeños pasos, a pequeños sorbos. Y así es, contigo. Pasar un día más sin verte es como el adicto orgulloso que pasa un día más lejos de esa sustancia prohibida.
Yo me felicito, ha pasado otro día, he pasado otro día (más) sin saber de ti.
Tú, mi Némesis. Yo, tu kriptonita.
"Me dolía la memoria, me dolían los ojos, me dolía el espejo en que me miré. Habían hecho harapos mi amor y mi cordura…"
Alejandra Pizarnik