Me gusta cuando te acurrucas en mi cuello, cosita, y me gusta cuando picoteas el vello de mi mejilla o cuando de la luz del techo te refugias en la sombra de mi cuello. Me gusta haberte conocido y me gusta tenerte siempre cerca, incluso cuando eso significa que, a veces, durante días, no me dejes dormir.
Te quiero, a mi manera, porque te gusta estar conmigo y porque te duermes, relajadito, escuchando los latidos en mi cuello o en mi nuca. Te quiero porque confías en mí, sin conciencia ni entendimiento y te quiero porque por primera vez, me has enseñado el significado de constancia y responsabilidad.
Me duelen las mandíbulas de apretar los dientes para controlar lo que siento. Y el corazón, desbocado, late descompasado preguntándose, una y mil veces, por qué, de pronto, todo parece dar vueltas, mientras la púa de tu guitarra arranca acordes que ya no me pertenecen, mientras las púas bajo mi piel me tatúan cicatrices en el alma.